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27/11/12

Aumento de velocidad al servicio de un 'lobby'


Nunca hubiera pensado que se podía jugar con la velocidad como si fuera un impuesto. Eso es lo que pretende hacer ahora el Gobierno de Mariano Rajoy al plantear subir el límite de velocidad en las autopistas y reducirlo en las carreteras convencionales. El objetivo es ayudar a las concesionarias a superar sus pérdidas. No me lo invento, lo dice el propio Gobierno.

Ciertamente, en este episodio no se puede reprochar falta de transparencia al Ejecutivo. La proposición no de ley que ha presentado en el Congreso el Partido Popular es descarada y destaca que las autopistas de peaje son "una asignatura pendiente" ya que "han visto disminuir considerablemente los ingresos por su sensibilidad" a la crisis, afectando el equilibrio económico financiero inicialmente diseñado para su explotación. Por eso justifica el aumento de los límites de velocidad por encima de 120 km/h para lograr una mejora económica en el sector. 

¿A quién quiere ayudar el Gobierno? A los grandes grupos españoles de infraestructuras y financieros que poseen la mayoría del capital de las empresas concesionarias de las autopistas. Muchas de ellas, especialmente en Madrid, han caído en concursos de acreedores en los que nuevamente se recurrirá a fondos públicos para evitar su quiebra. 

Para completar este juego con la velocidad al servicio del lobby de los magnates de las infraestructuras, la Dirección General de Tráfico también estudia reducir el límite de 100 km/h a 90 km/h en algunas vías convencionales. La esperanza es que los que se cansen o reciban sanciones, acaben optando por pagar peaje para circular a 130 o 140 km/h.  

¿Y las autovías?


El Gobierno juega en un terreno abonado para el cambio de velocidad, como demuestran las opiniones favorables del RACE, del Comisionado Europeo del Automóvil, de Automovilistas Europeos Asociados y del 91% de los encuestados por el portal coches.net. Pero algunos introducen un matiz: que se eleve el límite también en las autovías. Esa propuesta lógica va en contra del enfoque de la medida como una subvención a las concesionarias.

Precisamente, la crisis ha puesto de relieve que las autopistas que están sufriendo más el golpe del descenso del tráfico son las que tienen buenas alternativas gratuitas. Y al contrario. Un ejemplo: entre circular por la N-II en el Maresme y la autopista paralela, no hay color a no ser que uno quiera ir a paso de turista contemplativo.

La velocidad es algo demasiado serio y con consecuencias potenciales muy importantes como para utilizarla como elemento de política económica al servicio de grandes grupos empresariales. Además, con independencia de si se sube el límite en las autopistas y autovías y se mantiene en el resto de vías, hay otras alternativas como la de ofrecer precios anticrisis en los peajes, con descuentos inteligentes que pueden atraer a más conductores y transportistas. Eso se llama invertir. 

7/9/12

Los 130 km/h se imponen en el caos de Europa

100 kilómetros por hora, 110, 120, 130 y sin límite. En pocos kilómetros, un automovilista se puede encontrar con esas limitaciones en un mismo tipo de carretera según el país por el que circule. La conclusión es clara: demasiada disparidad. Sin embargo, los países que mantienen un límite de velocidad bajo, como España, se están quedando poco a poco en minoría debido a la extensión de los 130 km/h. 

Ya hay una quincena de países en los que se puede circular a un máximo de 130 km/h o incluso por encima o sin límite como en Alemania. Uno de los últimos en entrar en el club de los 130 es Holanda, que ha optado por un modelo mixto que consiste en permitir el nuevo límite superior solo en las autovías de tres o más carriles. Es un criterio, a priori, tan razonable como otros. 

En España, el ministro de Interior, Jorge Fernández Díaz, ha anunciado que estudian subir el límite de 120 a 130 en algunas autovías y autopistas, aunque dependerá del incremento de contaminación que comportará esa medida. Curiosamente, la velocidad media real en las autopistas españolas es de 122,5 km/h, según una investigación realizada por el Instituto Universitario del Automóvil.

El resultado de esas discrepancias europeas es un aumento del estrés en la conducción ante la incertidumbre sobre la velocidad máxima permitida por las autoridades de tráfico de cada país. Ese fenómeno se da especialmente en los cambios de país, en los que a menudo no solo cambian los límites sino también los sistemas de información de los mismos. Un ejemplo: el límite general de 120 km/h no aparece en las autovías holandesas porque se entiende que es el vigente en los tramos que no aparecen limitados a 100 sobre los indicadores de puntos kilométricos. 

Mucho dinero en juego

De momento, la urgente armonización que necesita Europa en cuanto a regulación de velocidades parece que queda en un segundo plano, por detrás de la vertiente disciplinaria y recaudatoria. Una reciente directiva de la Comisión Europea ha dado a los Estados las herramientas legales para solucionar el problema de las dificultades para cobrar multas de conductores extranjeros. 

Hay mucho dinero en juego. Según datos de la DGT, aunque los automovilistas no residentes suponen únicamente el 5% de media del tráfico en la Unión Europea, acumulan el 15% de las sanciones impuestas que con frecuencia acaban sin cobrar. Y en España, los rades cazaron a 26.504 conductores en solo una semana de cotroles intensivos en agosto. Está claro que si el Gobierno sube ahora el límite a 130 km/h, bajará la cifra de infractores y, en consecuencia, los ingresos por multas. Algo difícil de pensar cuando la caja pública está en apuros.

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